Seis Teorías Geopolíticas hacia la expansión territorial por el mundo.

geopolíticaHoy en día existen en el mundo una gran cantidad de conflictos internacionales que tienen sus principales bases en la geopolítica y mucho se habla sobre esta disciplina científica tan compleja pero pocos son los que están conscientes de  la importancia de entender las implicaciones y consecuencias tanto hacia el interior como hacia el exterior de los Estados así como las repercusiones internacionales de la toma de decisiones que en ella se desarrollen.

El primer paso al entendimiento de la geopolítica es conocer su nacimiento teórico a principios del siglo XX y  desarrollo del mismo. Así mismo es de preponderante importancia saber que la geopolítica no puede ser conceiba sin la globalización, dado que ambos fueron evolucionando al par, por ello cualquier persona que desee incursionar en el extraordinario mundo de la Geopolítica debe saber primero qué es la globalización, misma que tiene un creciente nivel de interdependencia entre los Estados. Esto ha provocado que la toma de decisiones en determinado escenario repercuta al otro lado del mundo, buscando así, el mantenimiento de la influencia y la expansión política, social, militar y hasta cultural en la mayor cantidad de espacio geográfico posible, es bajo estos objetivos entonces como nacen los primeros postulados teóricos de la Geopolítica Mundial:

  1. Teoría del Poder Marítimo de Mahan (1890)

En su búsqueda por determinar el origen del poder del Imperio Británico, el inglés Alfred Mahan desarrolla una teoría basada en la estrategia naval de Inglaterra, la influencia que el imperio ejercía en el comercio internacional, una armada marítima prácticamente inquebrantable y la defensa del comercio exterior por parte de la marina, elementos que según Mahan eran determinantes para asegurar la hegemonía. Cabe destacar que esta doctrina fue desarrollada para los Estados Unidos y no para el Imperio Británico.

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2. Teoría del Heartland o Teoría de la Región Cardial (1905 Mackinder)

La Teoría del Heartland es atribuida al imperio Británico y es la contraposición a la teoría marítima de Mahan, en ella se expone que el Estado debe de enfocarse en el control de un escenario de la geografía llamado zona pivote, misma que sería crucial para hacerse con el control del mundo, para Mackinder ésta zona pivote se encontraba en Europa Oriental y Asia Central (regiones que hoy día son cruciales en el desarrollo de las relaciones internacionales).

Mackinder divide el mundo en tres grandes zonas: Islas periferia, islas interiores e Isla mayor, siendo ésta última la más importante para controlar el globo, pues comprende los continente de Asia, Europa y África, sitios con grandes concentraciones de recursos naturales.

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 3.El mundo de las Crush Zones de Fairgrieve (1915)

Esta teoría es desarrollada por James Fairgrieve  discípulo de Mackinder, en ella crea un escenario más evolucionado de las islas de su maestro, él llama las Crush Zones y se encuentra entre la Teoría del Poder Marítimo y la Teoría del Heartland, este escenario se encuentra conformado por un conjunto de pequeños Estados sobrevivientes de la economía a pequeña escala, tienen una estructura política y económica frágil y juegan un papel crucial en el desarrollo de las relaciones internacionales.

Entre los Estados componentes de las Crush Zones se encuentran: Luxemburgo Suecia, Noruega, Dinamarca, Afganistán,  Holanda,  Suiza, Polonia, los Estados del Báltico, Bélgica,  Irán, Siam, Korea y Finlandia.

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4. El Realismo Político de Spykman (1945)

Nicolas Spykman es continuador del desarrollo de las teorías y tiene influencia de Henry Kissinger, Hans Morguenthau así como de los anteriores teóricos, es considerado uno de los padres de la Geopolítica Estadounidense, basó la teoría en la Doctrina Monroe y hace una interesante compilación de los principales postulados de sus maestros, su teoría la llama Realismo Político y diferencia de Mackinder, él se enfoca en concentrar la aplicación del poder en las zonas periféricas del mundo y no en el centro como Mackinder propuso.

Skypman Se enfocó en el control de  la zona periférica del mundo pues sería esta, una alternativa viable para hacerse de los recursos naturales de los Estados en ese rango periférico y por lo tanto de la hegemonía mundial.

Gracias a la aportación de Spykman se llevó a cabo una política contra la Unión Soviética para afrontar la detracción de las potencias Europeas hacia Oriente Medio y Asia.

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5. Teoría de las Zonas Aéreas de Alexander Seversky  (1950)

Es desarrollada en la posguerra por el aviador ruso Alexander Seversky, y consideraba ante la entrada de la Guerra Fría se tenía un equilibrio entre el poder marítimo y aéreo por lo que era necesario romper con ese paradigma y desarrollar una poderosa flota aérea para hacer frente a la Guerra, dado que ello permitiría controlar los puertos, mares y pasos, así como romper con las fronteras terrestres y de difícil acceso.

Consideraba que buscar el dominio de un área no es suficiente para vencer, se debía buscar la supremacía aérea, cuyo principal objetivo sería destruir las retaguardias del enemigo.

El ruso dividió el mundo en tres grandes zonas aéreas en virtud de la lucha entre bloques:

  1. Espacio Estadounidense
  2. Espacio Soviético
  3. Zona de decisión: conformada principalmente por las zonas industriales de cada uno.FAE47E51A6. Teoría de la Jerarquía de los Espacios del globo terrestre de Samuel Cohen (1990 hasta actualidad)Cohen realiza un extraordinario estudio geográfico y económico del mundo y a partir de distintos elementos crea una jerarquía de espacios donde cada escenario tiene un importante papel en el mundo. Primero determina la importancia en el comercio internacional y las rutas marítimas de cada Estado y a partir de ahí crea su primer jerarquía. En segundo lugar estudia y determina las rutas jerárquicas terrestres del comercio, poniendo como primer plano a las rutas intra-europeas desde España hasta Rusia, pasando por el Mar Negro, Italia etc.  La tercera jerarquía quedó determinada por los espacios geográficos de lenguas y etnias comunes los cuales quedaron determinados de la siguiente manera:
    1. Espacio Latino: Italia, España, Francia y Portugal.
    2. Espacio Germánico: Alemania, Holanda, Dinamarca, Suecia, Noruega, Irlanda y Finlandia.
    3. Espacio Anglo Americano: Estados Unidos, Inglaterra, Irlanda, Escocia, Canadá, Australia y Nueva Zelanda.
    4. Espacio Chino: Taiwán, Norte de Indonesia.
    5. Espacio Eslavo: Costa del Báltico, Polonia, Checoslovaquia y Eslovaquia, y por afinidad geográfica Rumanía.
    6. Espacios Independientes: Japón, Tailandia, Vietnam, Laos, Camboya, Malasia, Indonesia y Filipinas, que no han podido tener una autoridad supranacional común en toda su existencia, autoridad supranacional como la Unión Europea.
    7. Espacios de Conflicto: «Shatterbelt», son los espacios como el Medio Oriente cuyo gas y petróleo causan incertidumbre y juegos de poder entre las potencias de hoy Venezuela, Bolivia y Colombia serían espacios de conflicto en América Latina.
    8. Espacios de Transición: Es el grupo de países del centro de Europa: Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Hungría, Rumanía, Ucrania y países de la ex Yugoslavia.

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    Finalmente para aquellos que buscan un pleno entendimiento de la Globalización y sus consecuencias les dejamos los siguientes links.

    Globalización y Geopolítica

Tomado de: https://geopolmundial.wordpress.com/2016/03/26/seis-teorias-geopoliticas-hacia-la-expansion-territorial-por-el-mundo/https://geopolmundial.wordpress.com/2016/03/26/seis-teorias-geopoliticas-hacia-la-expansion-territorial-por-el-mundo/

 

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Cómo la historia imperial influye en el presente, por Charlotte L. Riley

Aug 3,2017 /
Esta entrevista apareció publicada originalmente como How a history of conquest shapes the present en New Humanist (3 de julio de 2017). Agradecemos a los editores de New Humanist y a la autora de la entrevista por permitirnos publicar la traducción en español en exclusiva para Historia Global Online.

¿Qué queremos decir cuando hablamos de “imperio”? Utilizamos las narrativas del imperialismo para describir cualquier elemento de la política externa de Estados Unidos y Gran Bretaña en Medio Oriente o la rápida expansión de McDonalds y Coca-Cola. Pero nos sentimos menos cómodos con discusiones que se centran en las herencias reales del imperialismo y delinear una hoja de balance de privilegio y opresión. Los imperios europeos conquistaron gran parte del planeta hacia el fin del siglo XIX, y las relaciones que establecieron continúan moldeando nuestro mundo hoy en día. En Inglaterra, al menos, hay una reacción instintiva de vergüenza al abordar el tema del imperio. La televisión suele presentar dramas donde se alaban la cultura y la sociedad del imperialismo –la reciente serie de Canal Cuatro, Indian Summer, se inserta en una larga línea de ficciones sobre los imperialistas y sus luchas– más que documentales donde se explora la brutalidad imperial en India, Kenya o Jamaica. Los británicos –o al menos la clase media blanca– parecen reacios a lidiar con la idea de que el imperio pueda ser un relato marcado por lo sanguinario antes que por la fraternidad.

Se ha vuelto un lugar común asociar esto a una forma de “nostalgia imperial”. Hubo ciertamente un momento cuando la cultura pop británica pareció enraizada de manera acrítica en lo vintage –lápiz labial rojo y barbas, bunting y gin and tonics servidos en tazas de té– con una estética posiblemente culminando en celebraciones callejeras por el matrimonio de Will y Kate en 2011. Seis años después, esto parece desarrollarse en un duro giro cultural. El voto para abandonar la Unión Europea fue planteado por varios como una manera de “regresar” a algún momento del mítico poder inglés. La paradoja de la pequeña intrépida Bretaña, irguiéndose contra la burocrática y monolítica Europa, pero apoyada por una vasta red imperial (ahora reformulada como un Commonwealth de iguales), penetra en la política, los medios y la cultura.

¿Qué queda fuera de este relato? ¿Podría una mejor comprensión del pasado ayudarnos a tomar mejores decisiones en el presente? Para explorar estos temas, conversé con Gurminder K. Bhambra, socióloga de la Universidad de Warwick, cuyo trabajo analiza cómo las voces de los colonizados y sus descendientes han sido silenciados de las narrativas oficiales. Me interesaba ver cómo esta perspectiva se vinculaba con mi propio trabajo como historiadora, y deseaba entender cómo la presencia del imperio en la política británica –o su omisión forzada– influye en nuestra experiencia en la actualidad.

Charlotte L. Riley

 

Charlotte L. Riley: Al parecer, en los últimos años ha habido un intento en Gran Bretaña por hablar más sobre el imperio, pero la conversación es aún fragmentada. De un lado, tienes ciertas narrativas, como las del historiador Niall Ferguson y las de películas y dramas de televisión, que buscan contar una historia positiva, mientras de otro lado existen campañas para “decolonizar” los currículos universitarios, o retirar monumentos del imperialismo Sigue leyendo

EL IMPERIO DEL ALGODÓN: UNA HISTORIA GLOBAL

Si hay un tema clásico entre los historiadores, este es el de la Revolución Industrial. Resulta innecesario a estas alturas recuperar libros y debates sobre objeto tan estudiado y de tan amplias consecuencias. Pero, aún así, no por ello dejan de escribirse textos sobre el asunto y, en particular, sobre las personas que la vivieron o padecieron. Hubo quienes salieron triunfantes de aquella transformación, y de ellos sabemos mucho, y hubo quienes acabaron miserablemente derrotados, y poco conocemos sobre sus nombres y sus vivencias. Hubo también, como analizó certeramente Emma Griffin, quienes, entre unos y otros, mejoraron o simplemente conllevaron la situación.

Empire of Cotton

De los perdedores se ocupa el historiador de Harvard Sven Beckert en un libro magnífico, Empire of Cotton: A Global History (Alfred A. Knopf), un libro muy distinto (en algunos aspectos necesariamente complementario y en otros necesariamente alternativo) a la mirada global del Cotton: The Fabric that Made the Modern World (CUP) que Giorgio Riello publicó el pasado año.

Pueden ustedes leer diversas reseñas en la red, como la de Slate, por ejemplo. Pero, dado que el editor nos ofrece un breve extracto, resulta mucho más ilustrativo leer al autor:

En 1935, mientras vivía en el exilio danés, un joven escritor alemán se sentó a considerar hasta dónde había llegado el mundo moderno. Bertolt Brecht canalizó sus pensamientos a través de la voz de un imaginario “Trabajador que lee”. Ese trabajador planteaba muchas preguntas, entre ellas:

¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas?
En los libros se mencionan los nombres de los reyes.
¿Acaso los reyes acarrearon las piedras?
Y Babilonia, tantas veces destruida,
¿Quién la construyó otras tantas? ¿En que casas  de Lima, la resplandeciente de oro, vivían los albañiles?

Brecht bien podría haber estado hablando de un imperio muy diferente, el del algodón. En aquel tiempo, la leyenda de algodón estaba bien documentada; los libros de historia se llenaban de los relatos de quienes aprovecharon los regalos únicos de la planta, Richard Arkwright y John Rylands, Francis Cabot Lowell y Eli Whitney. Pero como con cualquier otra  industria, el imperio mismo era sostenido por millones de trabajadores sin nombre, que trabajaban en plantaciones de algodón y en granjas, y en las hilanderías y tejedurías de todo el mundo, incluso en la ciudad natal de Brecht, en Augsburgo. De hecho, fue en Augsburgo, como hemos visto, donde Hans Fugger había acumulado su riqueza en la producción no mecanizada de algodón más de medio milenio antes.

Al igual que los acarreadores y constructores de Brecht, algunos trabajadores del algodón han entrado en nuestros libros de historia. La mayoría ni siquiera dejó rastro; con demasiada frecuencia eran analfabetos, y casi siempre sus horas de vigilia estaban ocupadas en recomponer la unidad del cuerpo y el alma, dejándoles poco tiempo para escribir cartas o diarios, como hacían los más acomodados, de modo que para nosotros resulta díficil reconstruir sus vidas. Una de las cosas más tristes de hoy es St. Michael’s Flags, en Manchester, un pequeño parque donde se supone que cuarenta mil personas, la mayoría de ellas trabajadoras del algodón, se encuentran enterradas en tumbas sin nombre, unas encima de otras, “en un proceso casi industrial de enterrar a los muertos”. Ellen Hootton fue una de estas raras excepciones. A diferencia de otros millones de personas, entró en el registro histórico cuando en junio 1833 fue llamada ante la His Majesty’s Factory Inquiry Commission, que se encargaba de investigar el trabajo infantil en las fábricas textiles británicas. Aunque solo tenía diez años cuando se presentó ante el comité y aunque estaba asustada, ya era una trabajadora experimentada, una veterana con dos años en la fábrica de algodón. Ellen había llamado la atención del público porque un grupo de activistas de clase media de Manchester,  preocupados por las condiciones laborales en las fábricas que brotaban en los alrededores de su ciudad, había tratado de usar su caso para resaltar el abuso de los niños. Afirmaron que era una niña esclavizada, obligada a trabajar no sólo con cadenas metafóricas, sino con reales, castigada por un capataz brutal.

St Michael flags

La comisión, decidida a demostrar que la niña era un “notoria mentirosa” en la que no se podía confiar, cuestionó a Ellen, a su madre, Mary, y a su supervisor, William Swanton, así como al director de la fábrica, John Finch. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos para cerrar el caso, las acusaciones resultaron ser esencialmente ciertas: Ellen era la única hijo de Mary Hootton, una madre soltera, que era a su vez un tejedora manual que a duras penas se ganaba la vida. Hasta que cumplió los siete años, Ellen había recibido algún apoyo de su padre, también tejedor, pero, una vez que expiró, su madre la llevó a una fábrica cercana para que contribuyera a los escasos ingresos de la familia. Tras unos cinco meses de trabajo no remunerado (se le dijo que primero tenía que aprender el oficio), se convirtió en una de los muchos niños que trabajaban en Eccles’ Spinning Mill. Cuando se le preguntó sobre su jornada laboral, Ellen dijo que comenzaba a las cinco y media de la mañana y terminaba a las ocho de la tarde, con dos descansos, uno para el desayuno y otro para el almuerzo. El capataz, el Sr. Swanton, explicó que Ellen trabajaba en una habitación con otros veinticinco, de los que tres eran adultos y el resto, niños. Ella era, según sus propias palabras, un “piecer at throstles” -un trabajo tedioso que suponía reparar y reanudar los hilos que rompía la bobina de la mula. Dadas las constantes roturas, a menudo varias veces por minuto, solo tenía unos segundos para cumplir con su tarea.

Era casi imposible seguir la velocidad de la máquina mientras se movía hacia atrás y adelante, por lo que a veces acababan “her ends down”, es decir, no había unido los cabos sueltos y rotos del hilo lo suficientemente rápido. Tales errores eran costosos. Ellen denunció haber sido golpeada por Swanton “dos veces por semana” hasta el punto de que su “head was sore with his hands”.  Swanton negó la frecuencia de los golpes, pero admitió el uso de “una correa” para disciplinar a la niña. Su madre, que llamó a su hija “una traviesa niña estúpida”, testificó que aprobaba tal castigo corporal, e incluso había pedido a Swanton que fuera más severo y  pusiera fin a su costumbre de salir corriendo. La vida era difícil para Mary Hootton, necesitaba desesperadamente los salarios de la niña, y le rogó a Swanton varias veces que no despachara a la niña, a pesar de todos los problemas. Como dijo Mary: “Lloro muchas veces”.

Los golpes, sin embargo, no eran el peor trato que Ellen experimentó a manos de Swanton. Un día, que llegó tarde al trabajo, Swanton la castigó aún más gravemente: colgó un peso de hierro alrededor de su cuello (no hubo acuerdo sobre si pesaba dieciséis o veinte libras) y la hizo subir y bajar las plantas de la fábrica. Los otros niños la acosaban y, como resultado, “se cayó varias veces mientras peleaba con las manos. Ella se defendió con el palo”. Incluso hoy en día, casi doscientos años después, el dolor de la vida de la niña, del tedio del trabajo a la violencia del abuso, resulta difícil de entender.

Mientras que la ciudad de Manchester luce una Biblioteca Rylands, la Universidad de Harvard una residencia de estudiantes Lowell y todos los estudiantes de grado aprenden algo sobre Richard Arkwright y Eli Whitney, no hay por supuesto ninguna biblioteca o escuela que lleve el nombre de Ellen Hootton. Solo un puñado de historiadores sabe algo sobre su vida. Sin embargo, cuando pensamos en el mundo de la fabricación de algodón, debemos pensar en Ellen Hootton. Sin su trabajo y el de millones de niños, mujeres y hombres, nunca se habría construido el imperio del algodón. Ni Rylands ni Lowell habrían acumulado sus riquezas, y las  invenciones de Eli y Arkwright habrían acumulado polvo en la esquina de un granero. La historia de Ellen subraya la violencia física del castigo, pero importante es también la violencia más banal de la desesperación económica, que reunía a un número cada vez mayor de personas en las fábricas, donde pasaron sus vidas, literalmente, al servicio del imperio del algodón.

Como Ellen Hootton, miles de personas y, en la década de 1850, millones de trabajadores entraban a raudales en todo el mundo en las fábricas de nueva construcción para operar las máquinas que producían hilos y telas de algodón. La capacidad de movilizar a tantas mujeres, niños y hombres para trabajar en las fábricas fue  impresionante. Muchos contemporáneos quedaron abrumados por la visión de cientos e incluso miles de trabajadores yendo o viniendo de sus lugares de trabajo. Cada mañana, antes del amanecer, miles de trabajadores caminaban por estrechos senderos en los Vosgos hacia las fábricas del valle, se arrastraban fuera de dormitorios compartidos en la colina alrededor de Quarry Bank Mill, dejaban sus granjas en apuros sobre el río Llobregat y se abrían paso a través de las atestadas calles de Manchester hacia alguna de las decenas de fábricas rodeadas de canales putrefactos. Por la noche volvían a dispersarse hacia sus alojamientos, donde varios dormían en una misma cama, o hacia casas de campo frías y con corrientes de aire o hacia barrios obreros densamente poblados y mal construidos en Barcelona, ??Chemnitz o Lowell.

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El mundo había visto la pobreza extrema y la explotación laboral desde hacía siglos, pero nunca había visto un mar de humanidad organizar todos los aspectos de sus vidas alrededor de los ritmos de producción de la máquina. Por lo menos doce horas al día, seis días a la semana, las mujeres, los niños y los hombres alimentaban  máquinas, operaban máquinas, reparaban máquinas y supervisaban ??máquinas. Abrían balas de algodón en bruto bien embaladas,  alimentaban de algodón las máquinas de cardado, trasladaban los enormes carros de mulas de ida y vuelta, ataban cabos de hilo rotos (como hizo Ellen Hootton), quitaban hilo de los husillos llenos,  suministraban fibra de manera itinerante a las máquinas de hilar o simplemente acarreaban algodón por la fábrica. La disciplina se mantenía mediante pequeñas multas y la pérdida forzosa de los contratos: una lista de los casos de despido en una fábrica de principios del siglo XIX presentaba justificaciones oficiales que iban desde cuestiones disciplinarias banales, como “el uso de lenguaje inapropiado”, a cargos idiosincrásicos, como la “aterradora Sra. Pearson con su feo rostro”. El mantenimiento de una fuerza de trabajo disciplinada se probaría consistentemente difícil. En una fábrica inglesa, de los 780 aprendices reclutados en las dos décadas posteriores a 1786, 119 se escaparon, 65 murieron  y otros 96 tuvieron que regresar con los supervisores o padres que  originalmente los habían cedido. Era, después de todo, el comienzo de la era de la “oscura fábrica satánica” de William Blake.

En invierno o en verano, lloviera o tronara, los trabajadores se aventuraban en edificios cuya altura iba creciendo, generalmente hechos de ladrillo, y trabajaban en grandes salas, a menudo calientes, y casi siempre húmedas, polvorientas y con un  ruido ensordecedor. Trabajaban duro, vivían en la pobreza y morían jóvenes. Como señaló el economista político Leone Levi en 1863, “Entrad por un momento en una de esas numerosas fábricas; mirad las filas de miles de operarios trabajando de manera constante; ved cómo cada minuto de tiempo, cada metro de espacio, cada ojo experto, cada dedo entrenado, cada mente inventiva, está en alta presión”.

Es difícil exagerar la importancia y el carácter revolucionario de esta nueva organización del trabajo humano. Hoy damos por sentado este sistema: la mayoría de nosotros nos ganamos la vida con la venta de nuestra mano de obra durante un determinado número de horas al día; con el resultado -nuestro cheque- compramos las cosas que necesitamos. Y también damos por sentado que las máquinas se mueven al ritmo de la actividad humana. No era así en los siglos XVIII o XIX: si nos fijamos en el mundo en su conjunto, el número de personas que intercambiaban su fuerza de trabajo por salarios, especialmente salarios en la industria manufacturera, era muy pequeño. El ritmo de trabajo era determinado por muchas cosas, por el clima, por la costumbre, por los ciclos de la naturaleza, pero no por las máquinas. La gente trabajaba porque estaban obligados a hacerlo si eran esclavos, o porque eran personas que dependían de las autoridades feudales seculares o eclesiales, o porque producían su propia subsistencia con herramientas de su propiedad en una tierra sobre la que tenían algunos derechos. El nuevo mundo de la fabricación de hilo y telas, como uno de los innumerables dientes en el imperio de algodón, era completamente y fundamentalmente diferente. La fabricación de algodón descansaba en la capacidad de persuadir o convencer o forzar a la gente a abandonar aquellas actividades que habían organizado la vida humana desde hacía siglos y unirse al proletariado fabril de reciente aparición. Aunque las máquinas en sí eran impresionantes y cambiaron el mundo, este cambio en el ritmo de trabajo tendría  más consecuencias. Puede que no lo hubieran conocido, pero como Ellen Hootton y otros tantos incontables que entraban en la fábrica, estaban mirando el futuro, el auténtico capitalismo industrial que estaban construyendo con su trabajo.

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